Ética y límites en ´Agua Negra´

Por un cine que no solo denuncia, sino que reorganiza la percepción.

 

Por Ehab Soltan

HoyLunes – En una era donde el cambio climático se consume como categoría mediática antes que como experiencia política, ‘Agua Negra’, de Natxo Leuza, se aventura en un territorio minado: representar el desplazamiento humano en Bangladesh sin sucumbir al espectáculo del sufrimiento. La relevancia de este documental no está en disputa; lo que exige un análisis riguroso es su gramática: la capacidad de filmar el desastre sin convertirlo en una pieza de esteticismo vacío.

El sujeto frente al símbolo

El riesgo inherente a toda obra sobre migración climática es la reducción del individuo a una función narrativa. Bangladesh corre el peligro de ser leído apenas como un laboratorio del colapso o una advertencia geopolítica para el Norte Global. Sin embargo, el humanismo real exige sujetos irreductibles.

La apuesta de Leuza parece centrarse en sostener la singularidad de esas vidas —sus silencios y contradicciones— frente a la tentación de la tesis grandilocuente. No se trata de mostrar el dolor, sino de no apropiarse de él. La dignidad en el cine reside, precisamente, en esa distancia ética donde el director no permite que la «causa» devore a la persona.

El futuro climático tiene rostro, pero no siempre tiene voz.

La arquitectura política del desastre

El concepto de “apartheid climático” que maneja la obra es potente, pero nos obliga a mirar más allá de la meteorología. El desastre no es un fenómeno natural; es una construcción política. Siguiendo la línea de Naomi Klein, el interés de ‘Agua Negra’ radica en si es capaz de señalar la arquitectura económica —el extractivismo y la deuda histórica de emisiones— que empuja a estas poblaciones al abismo.

La indignación, si carece de estructura, se queda en superficie moral. Un documental sobre el clima que no interroga al capitalismo global es, en última instancia, un paisaje. La obra de Leuza se posiciona precisamente en esa grieta: la transición de la denuncia humanitaria a la crítica del modelo civilizatorio.

La ciudad como frontera final del colapso.

Cuando el Estado se vuelve líquido

¿Qué sucede con el contrato social cuando el suelo que lo sostiene se desvanece? Hay una pregunta devastadora que late bajo el metraje: ¿qué queda de nosotros cuando el territorio deja de existir? Aquí, la propuesta de Natxo Leuza deja de ser un reporte ambiental para convertirse en una crisis ontológica de soberanía. Siguiendo la estela de ‘Hannah Arendt’, comprendemos que perder la tierra no es solo perder el hogar; es el síntoma del fracaso del Estado-nación, el drama de perder el derecho a tener derechos.

En ‘Black Water’, esta pérdida no se explica, se padece. La fotografía de Jokin Pascual y el diseño sonoro de Iosu González logran que el agua deje de ser un decorado dramático para transformarse en una presencia fenomenológica que todo lo invade. Bajo la premisa de Merleau-Ponty de que el cine no debe representar el mundo, sino encarnarlo, el monzón deja de ser clima para volverse una atmósfera política opresiva. La experiencia deja de ser informativa para volverse corporal: el espectador no observa el desastre, sino que lo habita en su propia inestabilidad, mientras la idea misma de nación se vuelve tan líquida como el horizonte de Bangladesh.

La incomodidad como antídoto a la mediocridad

Resulta irónico que la obra haya sido etiquetada como “perturbadora” en el circuito de festivales. En nuestra cultura, lo perturbador es una moneda de cambio, un capital simbólico que consumimos desde la seguridad de nuestras butacas. La verdadera potencia de Leuza reside en su capacidad para resistir esta espectacularización.

La mediocridad en el cine político no es una falta de técnica, sino una falta de riesgo intelectual. Repetir imágenes de inundaciones que ya habitan en nuestro imaginario colectivo es lo sencillo. Lo complejo —y lo que este filme intenta— es desestabilizar la posición del espectador occidental, recordándole que no es un observador neutral, sino un partícipe de la estructura que produce este éxodo.

El sonido del agua como política persistente.

‘Agua Negra’ se mide contra el desafío más arduo del cine contemporáneo: filmar el fin de un mundo sin convertirlo en una postal. El cine serio no se limita a informar; reorganiza nuestra forma de ver. Al final, la cuestión no es si Bangladesh sobrevivirá al avance del océano, sino si nosotros somos capaces de reconocer nuestra implicación antes de que el agua nos alcance a todos. Es ahí donde el cine deja de ser «contenido» para convertirse en responsabilidad.

 

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